Maternidad y empresas: acompañar la crianza también es una decisión estratégica de negocio

(Por Gabriela Antonini — Psicóloga clínica, consultora y docente académica) Por el Día de la Madre, analiza cómo el cuidado y la corresponsabilidad fortalecen el trabajo y las organizaciones.

 

Las empresas hablan del futuro. Invierten en tecnología, proyectan su crecimiento, incorporan inteligencia artificial y compiten por atraer talento. Sin embargo, hay una pregunta que también debería formar parte de sus decisiones estratégicas: ¿qué futuro están construyendo si descuidan a quienes crían a las próximas generaciones?

La maternidad no es un asunto exclusivamente privado. Involucra a las familias, a la comunidad y también a las organizaciones, porque las exigencias laborales, los horarios y las políticas internas repercuten en la vida cotidiana de las personas. Pensar en el largo plazo requiere reconocer las condiciones que sostienen los primeros años de vida y comprender que nadie llega al trabajo separado de su historia personal y familiar.

El talento no termina cuando comienza la maternidad

Una profesional no pierde su formación, experiencia ni capacidad de liderazgo cuando se convierte en madre. Sus responsabilidades cambian y sus tiempos necesitan reorganizarse, pero su aporte conserva el mismo valor.

Interpretar la maternidad como una disminución automática del compromiso o de la capacidad profesional empobrece la mirada sobre las mujeres y revela una dificultad en la gestión del talento. Cuando una organización pierde a una profesional por no acompañar esta etapa, también pierde conocimiento, experiencia, vínculos y una inversión construida durante años.

El problema no se limita a una salida laboral. Las oportunidades que dejan de ofrecerse, los comentarios y las expectativas implícitas pueden transmitir que la maternidad pone en riesgo el crecimiento profesional. Por eso, reconocer el talento también implica revisar las condiciones que permiten desarrollarlo a lo largo de distintas etapas de la vida.

Cuidar también es una responsabilidad de gestión

El acompañamiento no puede depender solamente de la sensibilidad de un jefe o de la capacidad de cada trabajadora para negociar sus necesidades. Debe traducirse en criterios claros, recursos y prácticas sostenidas.

La flexibilidad cuando las funciones lo permiten, el apoyo durante el embarazo, una reincorporación planificada, las condiciones para la lactancia y las oportunidades de desarrollo después de la maternidad son algunas de las medidas que pueden ayudar a sostener el vínculo laboral.

Esto no significa desconocer las responsabilidades profesionales, sino organizar el trabajo de manera que contemple la realidad de quienes lo realizan. Cada actividad presenta desafíos diferentes: los turnos, la presencialidad y las operaciones continuas requieren soluciones específicas. Precisamente por eso, la planificación y los acuerdos son fundamentales.

La corresponsabilidad también ocupa un lugar central. La crianza no debería recaer exclusivamente sobre las mujeres ni convertirse en una desventaja para quienes asumen tareas de cuidado. Incorporar mujeres a puestos de liderazgo es un avance; generar condiciones para que permanezcan, crezcan y ejerzan ese liderazgo durante la maternidad es una forma concreta de sostenerlo.

El costo de una cultura que excluye

Las empresas evalúan sus inversiones, la eficiencia y la rentabilidad. También necesitan observar las consecuencias de las prácticas que desgastan a sus equipos: la pérdida de confianza, la desmotivación, la rotación y la necesidad de reemplazar conocimientos y experiencias.

La vida laboral y la familiar conviven en una misma persona. Las preocupaciones no desaparecen al ingresar a una oficina, ni el cansancio queda afuera de una reunión. Cuando una organización confunde compromiso con disponibilidad ilimitada, corre el riesgo de desconocer las necesidades de sus equipos y de generar obstáculos evitables.

Revisar la cultura laboral supone preguntarse qué se premia, qué se cuestiona, a quién se escucha y con qué criterios se distribuyen las oportunidades. También implica evaluar el desempeño con pautas claras, sin convertir la disponibilidad permanente en la única medida del compromiso.

Estas decisiones tienen una dimensión que va más allá de cada empresa. Las organizaciones necesitan personas capaces de aprender, decidir, crear y trabajar con otros. Esas capacidades se desarrollan a lo largo de la vida y tienen una historia que comienza mucho antes del primer empleo.

En El mito de la normalidad, Gabor Maté y Daniel Maté invitan a reflexionar sobre las condiciones sociales y culturales que influyen en el bienestar humano. Esta perspectiva permite ampliar la mirada sobre la crianza y preguntarnos con qué apoyos cuentan las familias para atravesar sus responsabilidades cotidianas.

Los vínculos y las experiencias tempranas pueden influir en el desarrollo, aunque no determinen por sí solos el destino de una persona. Por eso, acompañar a quienes crían no supone atribuir a las madres la responsabilidad exclusiva por el futuro de sus hijos, sino reconocer la importancia de las redes de apoyo, el tiempo y las condiciones que hacen posible el cuidado.

Del discurso a las decisiones

El compromiso empresarial se vuelve visible en la práctica: cómo se comunican las licencias, cómo se organizan los reemplazos, cómo se planifica el regreso al trabajo y qué oportunidades de crecimiento se ofrecen después de la maternidad.

Estas preguntas deben formar parte de las políticas de las organizaciones y no depender únicamente de decisiones individuales. El tamaño y la actividad de cada empresa condicionan las respuestas posibles, pero no eliminan la necesidad de revisar las prácticas y sus consecuencias.

La sostenibilidad empresarial también se construye con la calidad de los vínculos humanos. Reconocer a las personas en la complejidad de sus vidas puede fortalecer la confianza, favorecer la continuidad de los equipos y contribuir a una cultura organizacional más sólida.

Podemos invertir en tecnología, infraestructura e innovación. También necesitamos crear condiciones para que las personas desarrollen sus proyectos profesionales sin quedar obligadas a elegir entre el trabajo y sus responsabilidades familiares.

El liderazgo empresarial tiene una responsabilidad en esa construcción. Las generaciones que mañana formarán parte de las organizaciones están creciendo hoy, en hogares atravesados por afectos, responsabilidades, cansancio y decisiones cotidianas.

La pregunta, entonces, no es solamente qué empresas queremos tener en el futuro, sino qué condiciones estamos dispuestos a construir en el presente para hacerlo posible. 



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