El triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva asegura la continuidad de una orientación económica que combina cierta disciplina monetaria y fiscal —al menos en sus objetivos declarados— con una participación activa del Estado en la promoción de inversiones, infraestructura, industria y políticas sociales. También supone la continuidad de una política exterior que privilegia el multilateralismo, la integración sudamericana y las relaciones con distintas potencias a través de los BRICS, sin un alineamiento exclusivo con Estados Unidos.
Sin embargo, la victoria de Lula no despeja las principales dudas que enfrenta la economía brasileña. Por el contrario, la reacción inicial de los mercados financieros, con una fuerte depreciación del real (del 12% en el arranque del lunes) y caídas generalizadas de los activos brasileños, refleja que una parte importante de los inversores esperaba un cambio de orientación económica y, especialmente, una política fiscal más restrictiva.
El desafío económico de Lula
Brasil llega a esta nueva etapa con una economía que ha mostrado capacidad de crecimiento, pero también con desequilibrios que condicionarán las decisiones del próximo gobierno. La deuda pública supera el 82% del PIB, la inflación continúa por encima del objetivo del Banco Central y la tasa de interés de referencia, la Selic, se ubica en 13,75%, un nivel considerablemente elevado que limita la expansión del crédito y de la inversión.
El programa de Lula propone mantener la actual regla fiscal, que establece restricciones al crecimiento del gasto público, pero también preservar las políticas sociales y el protagonismo estatal en la inversión y el desarrollo productivo. La principal dificultad será compatibilizar esos objetivos con la necesidad de estabilizar la deuda pública y reducir gradualmente las tasas de interés. La tarea no será sencilla. Una proporción muy importante del presupuesto brasileño corresponde a gastos obligatorios, lo que limita la capacidad de ajuste.
Además, Lula deberá negociar sus iniciativas con un Congreso de composición mayoritariamente conservadora, en el que su fuerza política quedó claramente en minoría (dada la derrota sufrida en la primera vuelta).
Por eso, la continuidad política no garantiza necesariamente continuidad en las condiciones financieras. El Gobierno deberá convencer a los inversores de que puede sostener sus compromisos sociales y productivos sin agravar los desequilibrios fiscales. De la credibilidad de esa estrategia dependerán, en buena medida, la evolución del real, las tasas de interés y las perspectivas de crecimiento.
Por qué importa tanto para la Argentina
Brasil sigue siendo el principal socio comercial individual de la Argentina y uno de los destinos más importantes para sus exportaciones industriales. La relación resulta especialmente relevante para el complejo automotor, las autopartes, la industria química y numerosos proveedores integrados a las cadenas regionales de producción.
El primer canal de transmisión es el crecimiento económico brasileño. Cuando Brasil expande su actividad, aumenta la demanda de bienes argentinos y mejoran las oportunidades comerciales para nuestras empresas. En cambio, una economía brasileña que crece poco suele traducirse en menores exportaciones industriales argentinas, precisamente en actividades que vienen atravesando dificultades para recuperar producción y empleo.
El segundo canal es el tipo de cambio. La evolución del real frente al dólar modifica la competitividad relativa entre ambos países. Una depreciación significativa de la moneda brasileña encarece los productos argentinos para los compradores de Brasil y abarata, medidos en dólares, los bienes brasileños que compiten con nuestra producción.
Por eso merece atención la reacción financiera posterior a la elección. Si la depreciación del real se prolongara, podría agregar dificultades a una industria argentina que ya enfrenta un contexto de demanda interna debilitada y crecientes desafíos de competitividad. Naturalmente, no alcanza con observar una jornada de mercados para anticipar una tendencia. Mucho dependerá de las primeras decisiones fiscales y económicas del nuevo mandato.
El tercer canal es la política industrial. Lula continuará promoviendo inversiones e industrias estratégicas mediante financiamiento público, incentivos y programas de desarrollo productivo. Esto puede abrir oportunidades de integración para proveedores argentinos, pero también aumentar la competencia entre ambos países si los incentivos brasileños generan ventajas que las empresas locales no pueden compensar.
Por último, en materia de integración regional, la victoria de Lula supone una continuidad importante. Su programa considera al Mercosur como la principal plataforma de integración económica y productiva de América del Sur y propone fortalecerlo mediante inversiones en infraestructura, integración energética y negociaciones comerciales conjuntas. Esa orientación puede generar coincidencias con la Argentina en proyectos concretos, pero también diferencias con la estrategia de mayor apertura comercial y flexibilidad que impulsa el gobierno de Javier Milei.
La convivencia de esas orientaciones no implica necesariamente un conflicto permanente. Brasil y la Argentina tienen intereses económicos compartidos que exceden ampliamente las afinidades personales de sus presidentes. Energía, infraestructura, comercio, inversiones y desarrollo de cadenas productivas son áreas donde la cooperación puede resultar beneficiosa para ambos países.
En síntesis, la reelección de Lula elimina la posibilidad de un giro inmediato hacia un programa de mayor austeridad fiscal, privatizaciones y apertura comercial, como el que proponía Flávio Bolsonaro. Pero tampoco significa que Brasil pueda continuar indefinidamente con su actual combinación de gasto público, endeudamiento y tasas de interés elevadas.
Para nuestro país, las variables centrales serán cuánto crezca Brasil, cómo evolucione el real y qué orientación adopten sus políticas comerciales e industriales. Un Brasil dinámico, con estabilidad financiera y una moneda relativamente estable, amplía las oportunidades para las exportaciones argentinas. Uno con dificultades fiscales, bajo crecimiento y presiones cambiarias puede transmitir parte de esos problemas a nuestra economía.