Durante mucho tiempo nos prepararon para encender fuegos. Estudiamos para generar impacto, llamar la atención, lanzar productos, crear campañas, abrir mercados, vender más, liderar equipos, innovar. Aprendimos a buscar esa chispa capaz de poner algo en movimiento. Y muchas veces lo conseguimos y también, muchas veces, nos bañamos en humo.
Porque con los años uno descubre que encender un fuego no es necesariamente lo más difícil. Lo verdaderamente complejo es lograr que, después de las llamas, quede algo.
El problema de enamorarnos del fuego
Vivimos en una época que premia el impacto inmediato. Todo parece medirse por la velocidad, la novedad, los clics, las visualizaciones, los anuncios, los lanzamientos y los resultados del próximo trimestre.
Queremos que las cosas exploten, que una campaña sea viral, que una idea sorprenda, que un lanzamiento sea espectacular, que una innovación cambie todo de un día para otro. Pero hay una diferencia enorme entre generar impacto y generar valor.
El fuego impresiona. Se ve desde lejos. Genera calor, movimiento y atención, pero también consume. Las brasas son diferentes. No hacen tanto ruido. No tienen la espectacularidad de las llamas. Sin embargo, permanecen. Mantienen el calor y, sobre todo, permiten cocinar.
Y ahí nace una buena metáfora para quienes llevamos muchos años trabajando en marketing, comunicación, ventas, empresas y construcción de marcas: el fuego quema; las brasas construyen.
De tener ideas a convertirlas en realidad
La experiencia profesional también consiste en comprender que una buena idea, por sí sola, vale bastante poco. El verdadero diferencial aparece cuando somos capaces de transformarla en realidad.
Eso implica probar, equivocarse, corregir, escuchar, volver a empezar y, fundamentalmente, adaptarse. Porque innovar no significa necesariamente inventar algo que nunca existió. Muchas veces significa mirar algo conocido desde otro lugar, conectarlo con una necesidad nueva y tener la capacidad de ejecutarlo.
Tenemos tecnología. Tenemos inteligencia artificial. Tenemos datos. Tenemos canales de comunicación que hace apenas unos años parecían imposibles. Tenemos acceso casi ilimitado al conocimiento. Lo que sigue siendo escaso es la capacidad de hacer que las cosas sucedan.
Adaptarse no es renunciar
Existe además una confusión frecuente: pensar que adaptarse significa abandonar nuestras convicciones. Es exactamente al revés. Adaptarse es entender que podemos mantener el propósito mientras cambiamos el camino.
Las herramientas cambian. Los consumidores cambian. Los mercados cambian. Las formas de vender cambian. La comunicación cambia. La tecnología cambia. Pretender hacer hoy exactamente lo mismo que funcionaba hace diez años no es defender la experiencia. Es convertirla en nostalgia.
La experiencia tiene valor cuando nos permite interpretar mejor lo nuevo, no cuando la utilizamos como argumento para resistirlo. Por eso, después de muchos años de profesión, quizás nuestro mayor activo no sea saber cómo encender más fuegos, sino entender cuáles merecen ser encendidos y cuánto tiempo somos capaces de mantener el calor que generan.
Estudiamos para encender fuegos. Muchas veces nos bañamos en humo. Nos equivocamos, acertamos, empezamos de nuevo y aprendimos. Hasta comprender algo bastante más simple: el fuego impacta, pero se consume. Las brasas permanecen, transforman y alimentan.
Al final, las ideas encienden el fuego. La capacidad de convertirlas en realidad construye las brasas.