De la tapa al algoritmo (el giro de poder que expone El diablo viste a la moda)

(Por Felipe Seia — Director de IN NOA) La secuela de El diablo viste a la moda reabre el debate sobre el poder en la industria: de la construcción de agenda editorial al dominio del algoritmo.

Decir que la secuela de El diablo viste a la moda es la película más vista de 2026 “porque la moda vende” es una lectura cómoda y bastante superficial. Lo que está pasando es otra cosa.

Con Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt y Stanley Tucci girando por ciudades como Tokio, Londres, Nueva York y Milán —y con Anna Wintour más presente que nunca—, lo que vemos no es solo una campaña: es una industria mirándose al espejo. Y el reflejo no es cómodo.

Hace 20 años, cuando se estrenó la primera película, el poder estaba en el papel. Las tapas de revistas definían agenda. Medios como Vogue o The New York Times no solo informaban: decidían qué importaba.

Hoy, ese mundo no existe más en su formato original. Las revistas no desaparecieron: perdieron el papel o mantienen una tirada baja para sostener la tradición. Los diarios no murieron: perdieron el monopolio. La información no escasea: sobra. Y eso la devalúa.

Pero hay algo más filoso todavía: los medios tradicionales no solo perdieron centralidad… perdieron el criterio. Antes competían por calidad editorial; hoy compiten por atención. Antes editaban; hoy optimizan. Antes construían agenda; hoy reaccionan a lo que el algoritmo empuja.

La consecuencia es directa: la banalización del contenido.
La moda, como tantas otras industrias, dejó de editarse para empezar a circular. Lo que antes era narrativa, hoy es performance. Si no genera clics, no existe.

Y acá está el punto incómodo que pocos dicen: los medios no fueron víctimas del cambio… fueron cómplices. En su intento por sobrevivir al mundo digital, muchos resignaron profundidad por volumen. Cambiaron identidad por tráfico. Y en ese proceso, se diluyeron.

Por eso esta secuela no es interesante por la ropa ni por la nostalgia. Es interesante porque expone una transición más profunda: del poder editorial al poder algorítmico.

En la era de la inteligencia artificial, incluso el “buen gusto” empieza a estandarizarse. Lo que antes era intuición, hoy es data. Lo que antes era diferencial, hoy es replicable. Más eficiencia, menos esencia.

El glamour sigue ahí. Pero ya no pesa lo mismo. Porque cuando todo es contenido, nada es tapa. Y cuando desaparece el criterio, el poder no desaparece: solo cambia de manos.