Lo que damos por sentado, y no deberíamos hacer sin mirar los números es la solidez de las cuentas fiscales. En momentos en los que la estabilización emite algunas señales de debilidad, el punto neurálgico del programa económico -el ajuste fiscal- tiene que seguir cumpliendo su rol de ancla y de punto de partida de por qué esta vez sí es probable que dicha estabilización tenga éxito.
Pero, si bien mes a mes el sector público nacional muestra superávits, tanto primario como financiero, no hay que perder de vista que, tanto en 2025 como en el arranque de 2026, resultan inferiores a los obtenidos en 2024. Y que, hacia adelante, resultará crucial que se recupere la recaudación y que se pueda poner en caja el gasto en subsidios.
Veamos:
1-El resultado primario durante el primer bimestre de 2026 es menor que el de 2025: cayó un 5,2% en términos reales respecto de 2025 (-0,13% del PIB). Asimismo, pero sin considerar el efecto excepcional de los ingresos por concesiones hidroeléctricas (que es como lo computa el FMI), la caída del superávit primario se eleva a un 27,2% (-0,14% del PBI). La reducción del superávit primario se origina en una caída real de los ingresos totales de 4,8% que no alcanza a ser compensada por la reducción del gasto primario de 4,7%. Esta dinámica reitera la de 2025 y luce difícil de revertir.
2-Los recursos tributarios muestran en el primer bimestre del año una caída real del 9.0%, destacándose la caída de los tributos relacionados con la actividad interna como IVA (-12,5%), Débitos y Créditos (-5,8%) y Aportes y Contribuciones a la Seguridad Social (-4,5%). También los ingresos tributarios provenientes del comercio exterior muestran caídas significativas y el resto de los recursos no alcanza a compensar la performance de los de naturaleza tributaria . Sólo los ingresos de capital (más de 1 Billón de pesos en enero) tienen una contribución significativa, pero que es de carácter único o excepcional (los ingresos por concesiones hidroeléctricas).
3-En cuanto a los diferentes componentes del gasto, los gastos primarios bajan -4,7% real y los gastos corrientes primarios caen -4,2%. Dentro del gasto corriente, el rubro más grande son las prestaciones sociales (por lejos el principal componente), que en conjunto retroceden -4,5% real. El segundo gran movimiento es el de subsidios económicos, que suben 45,4% real y dentro de ellos el salto está explicado casi enteramente por energía, que crece 139,9%. En contraste, el transporte baja 26,7% y el resto de subsidios cae fuerte. Esta dinámica es clave porque sugiere que, en lo que resta del año, la partida de subsidios energéticos tendrá que ser fuertemente ajustada, algo que se preveía, pero que el shock energético (sobre todo si tiende a extenderse en el tiempo) pondrá bajo estrés.
4-En tal sentido, el shock energético tiene una particularidad que suele prestarse a diagnósticos incompletos: mejora algunas cuentas fiscales por la vía directa, pero tiende a deteriorarlas por varios canales indirectos. El efecto directo positivo es relativamente claro. Con precios más altos de petróleo y gas, suben los ingresos asociados a la actividad hidrocarburífera: más valor exportado, más recaudación ligada a transacciones y facturación formal, más utilidades imponibles en la cadena (cuando existen) y, en general, más recursos fiscales vinculados al complejo energético.
Pero ese alivio convive con un conjunto de efectos indirectos que operan en sentido contrario y que, si se los suma, pueden neutralizar o incluso revertir el beneficio inicial. El primero es el canal inflacionario: la energía más cara se transmite de manera directa (combustibles) e indirecta (costos de transporte, logística y producción). Ese traslado no sólo complica la desinflación; también reduce ingreso disponible real y, por esa vía, enfría el consumo. Y cuando consumo y actividad se resienten, la recaudación “generalista” (IVA, impuestos a la producción y al comercio, aportes asociados a empleo formal y rentas empresarias) pierde dinamismo real. El tercer canal es el más fiscalmente delicado: el costo de abastecer energía para el mercado interno.
Aunque Argentina pueda ser superavitaria en energía en términos netos, el shock encarece igualmente lo que se consume puertas adentro: el precio de oportunidad de esa energía sube, y además seguimos expuestos al costo del gas importado estacional (GNL) para cubrir el pico invernal. No olvidemos que la generación eléctrica local se realiza preferentemente utilizando combustibles y sobre todo gas, por lo que el shock energético se filtra a los costos de generación y, por extensión, a la discusión tarifaria.
De ahí el dilema fiscal inevitable: o el Estado absorbe el shock vía subsidios (presionando el gasto y poniendo en riesgo la meta fiscal), o lo traslada a usuarios vía tarifas (con impacto sobre inflación y sobre el bolsillo, y por lo tanto también sobre actividad y recaudación). Incluso con saldo comercial energético positivo, el shock puede terminar siendo un test fiscal y político porque vuelve más caro sostener la normalización de precios relativos sin reavivar tensiones inflacionarias y sociales.
En definitiva, el ancla fiscal es el principal activo del programa y sería un error subestimarlo: el superávit primario y financiero sigue siendo el argumento más sólido de por qué esta estabilización podría sostenerse. Pero los números también invitan a moderar triunfalismos. El superávit de 2026 luce más ajustado que el de 2025, en un contexto donde la recaudación real cae y el gasto en subsidios, particularmente energéticos, vuelve a presionar.