El anuncio realizado por el Gobierno en la Exposición Rural de Palermo, la rebaja permanente de retenciones para casi todos los productos agropecuarios, fue celebrado con entusiasmo por los referentes del sector. No era para menos: se confirmó la extensión del alivio fiscal que hasta hace unos días era transitorio, y se incluyó a la carne, históricamente postergada en este tipo de decisiones. El presidente aprovechó el escenario para reafirmar su alianza con el campo y para insistir en la idea de que Argentina debe convertirse en una potencia exportadora. Pero, más allá de la liturgia simbólica, la medida genera algunas preguntas inevitables: ¿fue un gesto electoral o parte de las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI)? ¿Es fiscalmente viable sostener ese alivio en el tiempo? ¿Y qué dice la decisión sobre el rumbo del programa económico?
El costo fiscal del anuncio rondaría entre 0,1 % y 0,2 % del PIB. No se trata de una magnitud inmanejable, pero sí de un dato relevante si se lo inserta en el contexto actual. Como hemos señalado en notas anteriores, la dinámica fiscal de 2025 es mucho más desafiante que la de 2024: con menor inflación, caída de la recaudación real y crecientes presiones políticas para aumentar el gasto, el superávit primario acumulado hasta la primera mitad del año es un 30 % menor al registrado en igual período del año pasado. Además, la mayor parte del ajuste fiscal ya se ejecutó en los primeros meses del año de la mano de una reducción de los subsidios económicos, que no será fácil repetir en el segundo semestre. Recordemos además que están pendientes de un veto presidencial leyes que podrían tener un costo fiscal del orden de 1,0% del PIB en 2025.
En este marco, cualquier reducción de ingresos, por más justificada que esté desde el punto de vista de los incentivos económicos, exige una evaluación cuidadosa. Mucho más si se produce en paralelo a una nueva revisión del acuerdo con el FMI.
El Board del Fondo se reúne esta semana para aprobar una nueva revisión del programa y liberar un nuevo desembolso, y no puede descartarse que el anuncio haya sido parte de las conversaciones previas. Sería razonable: uno de los pedidos recurrentes del staff del organismo ha sido mejorar los incentivos a las exportaciones y reducir las distorsiones tributarias, pero si así fuera, el mensaje sigue siendo ambiguo porque, al mismo tiempo que se alivia la carga fiscal sobre el campo, no se avanza con una estrategia integral para sostener la recaudación por otras vías más sustentables, como una reforma tributaria, una mejora del cumplimiento o una revisión de la estructura impositiva.
Tampoco debe ignorarse que la medida llega en un momento de presión cambiaria. En julio, el tipo de cambio comenzó a moverse luego de semanas de estabilidad, el Banco Central volvió a intervenir en el mercado de futuros y se detectó una mayor demanda de cobertura. En ese contexto, estuvo muy bien que el anuncio de baja de retenciones no se hiciera esperar. De lo contrario la retención hubiera sido más grande. Según datos del sector, en junio, cuando vencía la anterior rebaja temporal, se registró un salto del 87 % interanual en las liquidaciones del agro, que totalizaron más de US$ 3.700 millones. Pero una rebaja permanente, creíble, no genera los mismos incentivos que una transitoria, por lo que de ahora en más deberíamos ver un comportamiento más estable, y con seguridad inferior al de junio, en el ritmo de liquidación de agro-exportaciones.
Convendría no perder de vista el tradeoff, la rebaja de retenciones puede incrementar la producción y las exportaciones en el mediano plazo, pero a costa de una menor recaudación en el corto plazo. El dilema no es nuevo, pero se hace más agudo cuando el programa económico depende de forma tan marcada del equilibrio fiscal como ancla de estabilidad. El ordenamiento de las cuentas públicas es, junto al ordenamiento monetario (saneamiento del BCRA) y la flotación cambiaria, uno de los tres pilares centrales del modelo. Y aunque su lógica general no se discute, sí empieza a discutirse la consistencia interna entre sus componentes.
Las próximas semanas ofrecerán algunas pistas: la evolución del mercado cambiario, los contenidos del entendimiento con el FMI y la respuesta del agro al nuevo esquema. Por ahora, el mensaje parece claro: el Gobierno asume riesgos crecientes para sostener su apuesta. No está mal correr riesgos, lo importante es saber cuáles, por qué y con qué respaldo.