Mirar sin ver: el desafío de las empresas para comprender y potenciar el verdadero valor de su capital humano

(Por Gabriela Antonini — Psicóloga clínica, consultora y docente académica) La inteligencia artificial redefine la competitividad y plantea a las empresas el desafío de comprender, desarrollar y cuidar a sus equipos.

Las empresas conocen cada vez mejor sus números, sus mercados y sus indicadores de productividad. La inteligencia artificial amplía extraordinariamente su capacidad de procesar información, automatizar tareas y anticipar resultados. Sin embargo, surge una pregunta incómoda: ¿conocemos con la misma profundidad a las personas que hacen posibles nuestros negocios?

Podemos medir competencias, evaluar desempeños y detectar talentos. Pero también podemos mirar sin ver.

José Saramago, en Ensayo sobre la ceguera, nos enfrenta a una sociedad que pierde la visión y, con ella, buena parte de su capacidad de reconocer al otro. Su metáfora resulta particularmente vigente en el mundo empresarial: podemos observar lo que una persona produce sin comprender las condiciones en las que trabaja, reconocer su eficiencia sin advertir su agotamiento o valorar su disponibilidad sin preguntarnos qué está resignando para sostenerla.

La ceguera organizacional no necesariamente responde a la indiferencia. Muchas veces nace de una mirada concentrada exclusivamente en los resultados.

El capital humano frente a la inteligencia artificial

La irrupción de la IA modifica las reglas de la competitividad. Conocimientos y habilidades que durante décadas representaron ventajas profesionales hoy pueden ser complementados o parcialmente sustituidos por sistemas tecnológicos. Esto obliga a revisar qué entendemos por talento y cómo proyectamos su desarrollo.

Competir con las máquinas en velocidad, procesamiento de información o disponibilidad permanente sería desconocer nuestra propia condición humana. Las personas necesitan descansar, vincularse, criar, aprender y encontrar sentido en lo que hacen.

La verdadera oportunidad no consiste en exigirles que funcionen como máquinas, sino en fortalecer su capacidad de comprensión, pensamiento crítico, creatividad, cooperación y toma de decisiones.

La IA puede multiplicar la capacidad operativa de una empresa, pero su competitividad también dependerá de la calidad humana y profesional de quienes interpretan, deciden y conducen.

La tecnología necesita inversión. El capital humano, además de capacitación, necesita condiciones para desarrollarse.

El talento también tiene una historia

Desde la psicología sabemos que las personas no llegan al trabajo desprovistas de experiencias, necesidades y conflictos. Las dificultades económicas, las responsabilidades familiares, las crianzas atravesadas por situaciones adversas, las desigualdades educativas y los problemas de salud mental forman parte de la realidad social que también ingresa a las organizaciones.

La ansiedad, la depresión, las adicciones o las dificultades de atención, como las que pueden presentarse en el TDAH, pueden afectar la concentración, la motivación, la organización y los vínculos laborales.

No se trata de interpretar cualquier dificultad de desempeño como un problema psicológico ni de convertir a los líderes en profesionales de la salud. Se trata de evitar conclusiones apresuradas.

Una persona que parece desorganizada puede necesitar herramientas diferentes para desarrollar sus capacidades. Un colaborador que disminuye su rendimiento puede estar atravesando una situación personal compleja. Y alguien que responde siempre a todas las exigencias puede estar sosteniendo una sobreadaptación que, tarde o temprano, afecte su bienestar.

En una sociedad que premia la eficiencia, no siempre distinguimos entre compromiso y sobreexigencia.

Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio, describe precisamente esta cultura del rendimiento permanente, donde la exigencia termina convirtiéndose en una presión interiorizada.

Para las empresas, comprender estas realidades no significa renunciar a los objetivos ni disminuir los estándares de calidad. Significa reconocer que el talento no se desarrolla en el vacío y que el rendimiento no puede comprenderse únicamente a través de sus resultados.

Comprender también es una ventaja competitiva

Una gestión estratégica del capital humano necesita identificar capacidades, pero también reconocer las condiciones que permiten desarrollarlas.

Las organizaciones que escuchan, forman, promueven autonomía y construyen vínculos de confianza pueden estar mejor preparadas para retener talento, innovar y responder a escenarios cambiantes.

Esto adquiere especial importancia frente a las brechas educativas y las nuevas exigencias tecnológicas. Ya no alcanza con capacitar en procedimientos. Es necesario fortalecer la comprensión lectora, la comunicación, la resolución de problemas, el criterio y la capacidad de aprender continuamente.

También resulta fundamental reconocer la diversidad de trayectorias y formas de aprendizaje, evitando confundir diferencias individuales con falta de potencial. La competitividad requiere resultados, pero también personas capaces de sostenerlos.

Por eso, invertir en capital humano no debería limitarse a incorporar conocimientos técnicos. Implica desarrollar liderazgos que sepan escuchar, detectar necesidades de formación, organizar adecuadamente el trabajo y generar oportunidades reales de crecimiento.

Comprender mejor a las personas no es solamente una expresión de sensibilidad empresarial. Puede convertirse en una decisión estratégica.

Del éxito a la realización

Viktor Frankl nos recuerda que la búsqueda de sentido constituye una dimensión fundamental de la existencia humana. Esta perspectiva permite introducir una distinción necesaria en el mundo empresarial: éxito y realización no son equivalentes.

Una persona puede alcanzar excelentes resultados profesionales y, sin embargo, experimentar una profunda desconexión con sus intereses, vínculos o proyectos personales. El éxito suele reconocerse desde afuera. La realización involucra la posibilidad de desarrollar nuestras capacidades en coherencia con aquello que valoramos.

Las empresas no pueden garantizar la realización de sus colaboradores ni deberían imponerles un propósito de vida. Pero sí pueden ofrecer condiciones que favorezcan la autonomía, el aprendizaje, el reconocimiento y el desarrollo profesional sin exigir el sacrificio permanente de la vida personal. Esta mirada no se opone a la rentabilidad. Propone comprender que la sostenibilidad de una organización también depende de cómo desarrolla y cuida las capacidades de quienes la integran.

El desafío de aprender a ver

La inteligencia artificial seguirá transformando los negocios. Las empresas necesitarán actualizar procesos, incorporar tecnología y desarrollar nuevas competencias para mantener su competitividad. Pero ninguna transformación tecnológica debería hacernos olvidar que detrás de cada indicador existe una persona.

Quizás el gran desafío del liderazgo contemporáneo sea aprender a distinguir entre observar y comprender.

Entre evaluar competencias y reconocer potencialidades.

-Entre exigir resultados y generar condiciones para alcanzarlos.

-Entre administrar capital humano y contribuir al desarrollo de las personas.

-Podemos tener empresas que lo miden todo y, sin embargo, no comprenden lo esencial.

La competitividad del futuro no dependerá solamente de la tecnología que incorporamos, sino también de nuestra capacidad para comprender, desarrollar y potenciar a quienes trabajan con ella. Porque el verdadero valor del capital humano no reside exclusivamente en lo que las personas pueden producir, sino también en aquello que pueden llegar a ser.

Tal vez el próximo gran avance de las empresas no sea aprender a mirar más, sino aprender a ver mejor.

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