El Gobierno parece apostar a que el tiempo haga el trabajo que hoy no quiere hacer la política económica. Es decir, que la inflación baje sola con algo más de paciencia, que la actividad repunte sin cambios de fondo, que el crédito ayude a recomponer ingresos y consumo, que la fatiga social no se traduzca en ruptura política y que, en ese tránsito, se vayan diluyendo las inconsistencias del programa. Esta apuesta tiene una lógica, pero también límites muy claros.
¿Por qué el Gobierno podría confiar en que el tiempo diluye las inconsistencias?
Primero, porque el programa ya consiguió evitar una crisis abierta y bajar la inflación respecto del arranque. Segundo, porque Milei parece convencido de que una parte de los problemas actuales responde a factores transitorios: corrección de precios relativos, caída previa de la demanda de dinero, ruido político, shocks externos. Tercero, porque probablemente crea que lo peor del ajuste ya pasó y que, de ahora en más, el rebote de actividad, salarios y crédito debería mejorar el humor social. Cuarto, porque después de las legislativas de 2025 pudo haberse reforzado la idea de que el apoyo político aguanta más de lo que muchos suponían. Y quinto, porque el oficialismo parece creer que no hay una alternativa opositora creíble capaz de capitalizar rápidamente el malestar.
¿Por qué hay razones para ser escéptico?
Porque el tiempo no es neutral. Puede ayudar cuando el programa es consistente y sólo necesita madurar; pero cuando hay piezas importantes que no terminan de cerrar, el tiempo no resuelve sino que expone y agrava las inconsistencias. En tal sentido, siguen abiertas varias tensiones: el tipo de cambio real se aprecia, las reservas no se acumulan al ritmo necesario, la política monetaria sigue siendo ambigua, el reordenamiento de precios relativos no terminó y la inflación dejó de bajar con la velocidad prometida. Con este telón de fondo, esperar no necesariamente reduce los costos sino que puede aumentarlos. Además, la sociedad no espera de manera abstracta sino que lo hace con salarios todavía frágiles, empleo que no mejora y señales de fatiga bastante visibles en numerosas encuestas.
En materia cambiaria, la idea de esperar implica seguir descansando en un tipo de cambio real apreciado como ancla antiinflacionaria, aun cuando esa misma apreciación dificulta acumular reservas y alimenta la expectativa de una corrección futura. En ese contexto, esperar no neutraliza el problema, sino que lo va incubando. Y cuanto más tiempo se prolonga esa inconsistencia, mayor es el riesgo de que la corrección termine siendo impuesta por el mercado y no administrada por la política económica.
Algo similar ocurre con la política monetaria. La ambigüedad puede dar grados de libertad en el corto plazo, pero no reemplaza la necesidad de una regla o, al menos, de una función de reacción inteligible. Si no está claro cómo responderá la autoridad monetaria frente a tensiones sobre la inflación, el dólar, las reservas o la actividad, la demanda de dinero no se recompone con facilidad y la desinflación pierde potencia. También aquí la pasividad tiene un costo por cuanto lo que no se ordena ex ante suele terminar corrigiéndose ex post, en general con más volatilidad y menor credibilidad.
En consecuencia, el Gobierno no sólo debe lidiar con variables económicas que no exhiben las dinámicas esperadas, sino que también tiene que administrar los tiempos políticos y la tolerancia social. Su apuesta implícita sería que los resultados lleguen antes de que se agote la paciencia. Pero esa apuesta no es inocua, ya que cuanto más se postergan ciertas correcciones, más depende todo de la credibilidad, y la credibilidad también se erosiona si la realidad choca contra las promesas.
La estrategia de esperar tiene una racionalidad política, pero puede ser macroeconómicamente costosa. Porque no corregir hoy permite sostener el relato de que el programa no necesita ajustes. Pero si el costo de no corregir es más inflación inercial, atraso cambiario, menor acumulación de reservas y más dudas sobre la consistencia del esquema, entonces el tiempo comprado hoy puede salir caro mañana.
El anuncio de una reforma electoral promovida por el Ejecutivo Nacional parece apuntar a retomar la iniciativa política después de varias semanas de desgaste, conflictos internos y repliegue defensivo. No importa tanto aquí el contenido específico del proyecto como la señal que transmite: el oficialismo percibe que no puede limitarse a esperar y que necesita volver a marcar agenda. El problema es que esa vocación de iniciativa, visible ahora en el plano político, todavía no encuentra un correlato claro en el terreno cambiario y monetario, donde siguen abiertas varias de las inconsistencias que más pesan sobre la macro.
En síntesis, el Gobierno confía en que el tiempo resolverá por sí mismo lo que todavía requiere decisiones. Pero no siempre es así, y el tiempo, lejos de consolidar un programa económico, puede vaciarlo de eficacia.
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